Día 6328 o percepción

Silencio.

El silencio que reina la estancia se ve abruptamente roto por las gotas de lluvia que, cual violentas suicidas, chocan contra la ventana en nombre de algo mayor: se avecina la tormenta.

Entre la oscuridad se mueve una figura errante, casi fantasmal, cuya sombra ni se inmuta tras el terrible destello que sigue a un trueno que no parece sonar. Un reloj de pared suena, aunque no se ve el cuco por ninguna parte, dando lo que parecen ser las siete de la tarde. Otro trueno, cuyo destello esta vez sí ilumina la sala fugazmente, mostrando aquel ser nervioso, igualmente fugaz, que con miedo e impaciencia recoge unas y otras cosas y las mete en la mochila: un cepillo de dientes, una botella, un estuche para las gafas, frutos secos en una bolsa y un libro para los ratos libres. Las llaves. ¿Las llaves?¿Dónde se han metido? Juraría tener las llaves en la mano un segundo atrás. Da igual, tampoco las voy a necesitar más…espero,ojalá me equivoque, las voy a buscar. La estancia se vuelve a iluminar en lo que parece ser otro destello fulgurante, pero no hay trueno que lo preceda. De pronto, el timbre de la puerta suena tan estridentemente que hasta un sordo podría oírlo. De nuevo…silencio.

Expectante, la figura espera una segunda señal, como para cerciorarse de que esta fuera real. No obstante, no llega sonido alguno durante tres segundos que parecen durar una eternidad. El porvenir, el eclipse, el final de los tiempos, la oscuridad; y otra vez ese timbre que llega tan violentamente como se va. ¿Un nuevo silencio? No, que va.”¡Martín!Llevo tres minutos tocando el timbre,¡ abre de una maldita vez!”. Martín se sorprende, no esperaba visita alguna, al menos no tan pronto, y desde luego no así de agradable; no obstante, decide ir a la puerta, no sin antes coger las últimas cosas de importancia y cerrar la mochila. Una vez allí recuerda desconocer la ubicación de sus llaves y recorre velozmente aquella ratonera que llama hogar con la mirada para finalmente no encontrar nada, observar su mano izquierda y descubrir muy confusamente que han estado ahí todo este tiempo. Abre la puerta y tras ella se encuentra su amigo Lucas, castaño y de tez morena. Porta una barba de varios días que si bien cierto que está descuidada, también lo es que no le queda mal. Esto sumado a sus gafas y a su camisa a cuadros que acompaña de manera elegante su cuerpo alto y orondo , le da un aspecto atractivo e intelectual. A pesar de la abundante lluvia, Lucas apenas está mojado, tan solo un par de gotas que humedecen su pelo. Con algo de recelo, Martín saca la cabeza por la puerta y mira ambos lados de la calle, buscando un fantasma que no encuentra. Una vez termina su extraño ritual dirige la mirada a su compañero, le da un efusivo abrazo y solo entonces comienza a hablar:

-Me alegro de verte, temía no poder despedirme como es debido antes de partir.

-¿Partir a dónde? ¿Qué ha ocurrido?-Pregunta Lucas, quien no intenta esconder su miedo.

-Salgamos a caminar, te lo contaré por el camino.

[* * *]

Las primeras briznas de oscuridad comienzan a tocar el suelo. Con ellas, la tormenta se disipa y el cielo se torna en una paleta de colores naranjas y rojos, dando por instantes un intenso rosa que arraiga en lo más profundo del corazón. Una leve y cálida brisa acaricia la hierba pisoteada, casi en un último intento de que esta recupere fuerzas, se anime, y vuelva a tocar el cielo. Sentados en un banco, observando el florecer de un solitario manzano, dos hombres entornan lo que parece ser el final del diálogo.

-No deberías irte.

-¿Por qué no?

-No tienen ninguna prueba que te delate. No hay nada en tu contra.

– Tú sabes tan bien como yo que eso es lo de menos. Ante falta de pruebas harán lo que sea para acabar conmigo: Un accidente, una enfermedad inoportuna o un asesinato encubierto de piedad.

-Pero eres un escritor de renombre(¿lo soy?), tu muerte en causas extrañas causaría estragos para el régimen.

-Para el Estado.

-Para nuestro querido Estado.

-Lucas(¡Martín!),te consideraba más inteligente. Sería tan fácil como desprestigiar mi trabajo.

-¿Cómo podría desprestigiarte nuestro querido (queridísimo) régimen?

-Pues…no lo sé, podrían calificar de “contraria al Estado” la inexistente manifestación ideológica de mis libros. Podrían tacharme de maníaco o incluso causarme algún mal, todos hemos oído historias de gente que enloquece de repente. Podrían incapacitarme en la labor de escritor o, quién sabe, podrían hacerles olvidarme.

-¿A quién?(¿a quienes?) Al pueblo, obviamente.

-Exacto.

-No sé(¿tú crees?),la realidad es la que es, y ni el más poderoso humano puede cambiar eso. Después de todo no somos más que minúsculos seres que vagan por este vasto universo durante un suspiro. ¿Qué más le da al universo nuestro punto de vista? Si quisiera nos podría matar hoy mismo.

-(Martín)¡Lucas! Bien es cierto lo que dices. No obstante en nuestro minúsculo rincón el universo es el que menos decide.¡Somos los reyes de nuestras propias heces! Vivimos en sociedad, y tendemos a mantener esa unidad aún a costa de nuestra libertad. Somos masas, y las masas no piensan, obedecen.

-Pero puedes separarte de ella y vivir libremente camuflado de dócil oveja.

-Ya hemos tenido esta conversación anteriormente. La gente que acepta su esclavitud es aún más patética que la que no es consciente de ella. Si hubiera gente verdaderamente libre ya nos hubiéramos juntado y tratado de limpiar este país de la escoria de nuestro queridísimo régimen.

-¡Y por cosas como estas te quieren muerto! ¿No sería más fácil callar?

-Imposible(posiblemente imposible(imposiblemente posible)).

-¡Entonces lucha y muere por tu libertad!- Un sonoro silencio invade el parque. Durante unos segundos no se respira más que incomodidad. Martín se coloca las gafas, se acicala la barba y se estira la camisa de cuadros. Finalmente decide hablar.

-No soy un tonto, y tampoco un soñador. Yo solo no puedo hacer la guerra, así que la mejor opción es huir y esperar a que estalle la llama de la revolución (porque estallará, amigo mío) y volver.

-¿Y por qué no la enciendes tú mismo? Con tu capacidad creadora podrías convencer a muchas personas.

-Inmediatamente me eliminarían, y muerto no sirvo para nada. Incluso suponiendo que siga con vida, si hago eso no vendrán personas libres, sino influenciables, toscas, o de gran pobreza mental. La gente tiene que darse cuenta de su condición de esclavo ella misma, de lo contrario nada habrá valido la pena. Además, no soy capaz de ver esa pragmática que aseguras existe en mi. Ni si quiera he sido capaz de convencerte a ti…

-Yo no veo(alomejor estás ciego) la enfermedad de la que tú hablas. Vivimos en un tiempo de paz sin precedentes.

-Ahí radica el otro gran factor de nuestra condición humana. Cada persona tiene una percepción distinta de la realidad. Lo que para uno es bueno para otro puede ser malo y viceversa. Podemos percibir cosas que realmente no están ahí, y no tenemos manera de comprobarlo. Igual que la gélida brisa que acaricia mi rostro considero que es real y no puedo demostrarlo, tu propia existencia podría ser una invención de mi mente e igualmente no tendría forma de demostrarlo.

-¿Estás diciendo que “la realidad” podría no ser real?

-Exactamente. Uno llama real a lo que percibe y a lo que siente, independientemente de lo que se oculte por detrás. Conocemos lo que razonamos, y nada niega la posibilidad de que estemos locos, de que siempre lo hayamos estado o de que nuestro querido Estado haya obrado milagrosamente contra nuestra percepción, contra nuestra mente, contra nuestra realidad- Un suspiro. Uno más. Otro. Un silencio invade la conversación. En esta ocasión no se hace incómodo, sino vacío, triste,existencial. Martín aparta la mirada un momento, cierra los ojos un instante y de pronto percibe un leve golpe contra su cabeza. Vuelve a abrir los ojos y a su alrededor ve la lluvia, feroz, desafiante, y un fugaz rayo que se ve acompañado de un terrible trueno. No obstante algo raro ocurre, y Martín es consciente de ello. Acaba de empezar a llover, o eso parece. Sin embargo está empapado, como si llevara lloviendo toda la tarde. Por otra parte no hay ni una leve brisa. Confundido, se intenta colocar las gafas en un intento inconsciente de comprender lo que está pasando, pero no hace sino aumentar su confusión tras descubrir que no lleva gafa alguna. Asustado, duda si girar la cabeza o no. Es un sinsentido, lo sé, pero Lucas ha de estar ahí. Lo llama, pero no obtiene respuesta alguna. En un último acto desesperado, gira la cabeza.

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