Día 6219 o un café vienés

Me encuentro escribiendo las líneas de lo que es mi próximo proyecto sentado en una cafetería, con un café a mi lado, un café vienés. Es la primera vez que hago esto, viene de mi interior, de la imperiosa necesidad de salir de mi habitación sin abandonar aquellas cosas que hacen que la ame. Cuatro paredes y una puerta pueden ser algo más que cuatro paredes y una puerta, pueden ser una cueva, un refugio, un barco pirata e incluso toda la ciudad de Viena. Pero aun así uno necesita salir, cerrar los ojos, respirar, pues no hay nada más bello que sentir los últimos rayos de sol acariciar tu espalda.

Es en este momento cuando me doy cuenta de que hoy es el día 6219, y de que ha pasado un largo tiempo desde la última vez que visité este blog. Que este haya pasado lenta o rápidamente me es indiferente, el pasado pasado está, y el único atisbo que tenemos de él son los instantes ya vividos. Nada más (ni nada menos) nos separa del vacío abrupto del olvido, del vocablo mudo que llamamos silencio. Y sin embargo, esta, nuestra posesión más valiosa sin duda alguna, es posible también perderla, olvidarla, o simplemente matarla por nuestra inconsciencia.

Sabiendo que la mente falla y que la tinta se acaba he de pensar en algo más, fruto de aquellos instantes, que pueda servir para aferrarme a ellos, para no olvidarlos. Pienso, pienso, y cuando estoy a punto de darme por vencido y acabar con mi café vienés aparece la respuesta: Decisiones, mis únicas posesiones.

Y entonces abro los ojos, y me miro a mi mismo, me miro a mi mismo como no lo había hecho antes. Soy quien soy por las decisiones que he tomado. ¿Por qué no tengo miedo de ser quién soy? Porque decidí encararme al río, y no sin esfuerzo conseguí salir de él. Y entonces me vienen a la mente todos aquellos instantes que me hicieron ser quien soy. Volátiles, frágiles, casi como polvo de luna, pero sé que no se perderán. Una playa, una fiesta, una casa, un hospital. ¿Por qué no temo al destino? Fácil, porque no creo en él, porque hoy hacemos cosas que ayer asegurábamos nunca jamás hacer. Y de nuevo, polvo de luna, una palabra, un beso, una carta. ¿Por qué no me preocupa el futuro? Porque actúo lo mejor que puedo, porque soy consciente de quién soy, de qué quiero, y voy a por ello, porque disfruto del presente. Y con esta última pregunta no aparece ante mí un instante ya vivido, sino que observo como se forma uno nuevo, aquel en el que escribía acompañado de un café vienés, alejado de cuatro paredes y una puerta que pueden ser más que cuatro paredes y una puerta, que pueden ser una cueva, un refugio, un barco pirata e incluso toda la ciudad de Viena.

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